Nunca leí a Borges pero dicen que una vez escribió algo como que en el nombre de las cosas, está la cosa misma. De ahí que podemos pensar que en el nombre de Argentina está todo su destino: Argentum, plata en latín, da cuenta de un país que antes de ser un país ya era el nombre de un mineral. Quizás una coincidencia, pero desde el primer día, el territorio que hoy llamamos Argentina parece diseñado para extraer, no para producir.
En los últimos días salió el nuevo informe del INDEC sobre comercio exterior, correspondiente al mes de mayo. Allí nos encontramos, entre otras cosas, que en el último año las exportaciones del Noroeste crecieron un 74%, las de la Patagonia más del 66% y en Cuyo más del 40%. Mientras tanto, en la vaca sagrada, la región Pampeana, crecieron “tan solo” un 20%.
Parece que algo está cambiando en el mapa argentino. Todavía no sabemos si para bien o para mal, pero para tratar de entenderlo vamos a ir un poco hacia atrás.
De Potosí a la Coparticipación
En 1776, mientras los colonos norteamericanos declaraban la independencia del rey de Inglaterra para autogobernarse, Carlos III decidió crear el Virreinato del Río de la Plata para proteger lo que todavía podía extraer. Esta fue una decisión defensiva: los ingleses rondaban el Atlántico sur, los portugueses empujaban desde Brasil y la corona española necesitaba una administración más eficiente para cuidar el territorio. Así, Buenos Aires se convirtió en capital virreinal no porque fuera un centro económico, sino porque era el puerto más conveniente para sacar la plata que llegaba desde Potosí.
En este sentido, las reformas borbónicas no significaron ningún cambio: el comercio seguía estando limitado al interior del imperio y las manufacturas locales que compitieran con la metrópoli seguían prohibidas. Porque ante todo, el imperio español era un imperio anticapitalista. Se trataba de un sistema extractivista, y como tal, no tenía ningún interés en crear mercados, fomentar el comercio o desarrollar una burguesía local.
Por el contrario, lo que produjo fue burocracia. Funcionarios, militares, abogados y todo tipo de gente entrenada para gestionar y administrar la riqueza en nombre de la Corona, no para producirla. Con la independencia, el problema de fondo no se resolvió, más bien lo heredamos. La Corona se fue, pero los administradores quedaron: militares y caudillos que vivían del control de los territorios y las transferencias que recibían.
“Con la independencia, el problema de fondo no se resolvió, más bien lo heredamos. La Corona se fue, pero los administradores quedaron: militares y caudillos que vivían del control de los territorios y las transferencias que recibían.”
El territorio también, pero sin Potosí. Ahora los ingresos provienen de la aduana del puerto de Buenos Aires, lo que dará lugar a la disputa que estructuró la política argentina durante todo el siglo XIX.
Más de 30 años de enfrentamientos, guerra civil y tres intentos fallidos de establecer una constitución unitaria, desembocaron en el primer proyecto exitoso: la Constitución federal de 1853. ¿Cómo fue posible? Fácil. El diseño institucional planteado por Alberdi entendía que un modelo que no contemple a los caudillos provinciales estaba condenado al fracaso y sobre todo, atentaba contra el orden necesario para el progreso.
Por eso, la flamante Constitución los incluyó garantizandoles principalmente dos cosas: los recursos, ya que los ingresos de la aduana de Buenos Aires pasaban a ser del estado nacional, y poder político con la representación igualitaria en el Senado y el colegio electoral, que les aseguraba que el presidente -quien reparte la guita- iba a ser uno de ellos. Unos vivos bárbaros.
Así el problema de fondo no se resolvió. La disputa por los recursos quedó latente y dio lugar a lo que hoy conocemos como coparticipación. La única diferencia es que antes se resolvía a los tiros y ahora se discute café de por medio en el Ministerio del Interior. Para los amigos que se preocupan por las formas.
En definitiva, ya sea con la carne, el trigo o la soja, casi 200 años después la esencia del esquema de 1853 sigue presente: una porción de la pampa húmeda genera los recursos, la nación los recauda y reparte y el resto de las provincias siguen sin desarrollarse y viviendo del gasto público. ¿A quién culpamos?
“La esencia del esquema de 1853 sigue presente: una porción de la pampa húmeda genera los recursos, la nación los recauda y reparte y el resto de las provincias siguen sin desarrollarse y viviendo del gasto público.”
Los herederos de Alberdi
Resulta difícil creer que los gobernadores son los responsables de esta situación. Tampoco me quiero imaginar qué pensaría Alberdi si le dijeran que los Gildo Insfrán son resultado del mismo diseño institucional que él pensó, pero puede que algo tenga que ver.
Desde el inicio, el proceso redistributivo entre las provincias tenía como objetivo repartir recursos para que las provincias se desarrollaran y eventualmente generaran los suyos propios. Ahora bien, a los fundamentalistas del “que vivan con lo suyo” me parece que se les olvidó un pequeño detalle: esto es Argentina, no Estados Unidos. Yo les pregunto entonces: ¿vivir de qué?
Durante la época del Virreinato, las provincias no producían algo, como sí lo hacía cada colonia yankee. Acá el Estado llegó antes que el mercado y no al revés. Y por si fuera poco, más allá de que no contaban con un sector privado consolidado, el diseño mismo tampoco genera los incentivos suficientes para que los gobernadores se interesen en desarrollar sus economías, sino todo lo contrario. Ante la falta de recursos, es más fácil llamar a Casa Rosada y negociar una nueva transferencia.
“Acá el Estado llegó antes que el mercado y no al revés. Y por si fuera poco, más allá de que no contaban con un sector privado consolidado, el diseño mismo tampoco genera los incentivos suficientes para que los gobernadores se interesen en desarrollar sus economías.”
Sobre todo, si tenemos en cuenta que el diseño actual de la coparticipación responde a una ley de 1988 que nunca se actualizó y tampoco establece criterios proporcionales y equitativos para la distribución del dinero. Así, se formó una clara división entre las cinco provincias productivas que reciben menos de lo que aportan a la recaudación nacional (CABA, Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Santa Fe), frente a las provincias periféricas donde en algunos casos la dependencia de los recursos nacionales llega a ser de hasta el 90% del gasto. Ahora vamos a exagerar el argumento.
En las primeras, el sector privado existe de verdad. Al no necesitar del gobernador para sobrevivir, le ponen un límite a su poder y pueden mantenerse al margen de la política partidaria directa. Pero a su vez, dada la fortaleza del sector privado, estos gobernadorescuentan con los recursos suficientes para autoabastecerse y no depender del presidente. Débiles “hacia abajo” , fuertes “hacia arriba”.
En el resto, se da la situación inversa: el estado es casi el único empleador. La mayoría de la gente que trabaja lo hace para el gobierno provincial o para alguien que le vende algo al gobierno provincial. En ese esquema, nadie puede presionar al gobernador porque todos dependen de él. Es decir que no le rinde cuentas a nadie “hacia abajo”, pero es débil “hacia arriba” porque casi su única fuente de recursos es lo que le mandan desde Buenos Aires.
¿El resultado? El gobernador negocia con el presidente lo que necesita (transferencias, obras, fondos discrecionales), a cambio de lo único que tiene para ofrecer: votos en el Congreso y apoyo electoral.
Uñac, Barrick Gold y el “peronismo riguista”
Históricamente cada una de las Buenos Aires representó un modelo. La Provincia -o el conurbano- el de la industria, que a partir de los´70 pasó a ser subsidiado. La Ciudad, por su parte, le contrapone el modelo financiero. ¿Y las provincias? Pendulean.
Desde la alianza con la burguesía pampeana durante el modelo agroexportador, pasando por su participación en el primer peronismo, hasta el actual gobierno de Milei, los gobernadores no tienen otra opción que adaptarse al modelo de cada momento. Al no tener el poder económico para enfrentarse a los dos modelos que se disputan el país hace casi 100 años, su modelo es la supervivencia.
“Los gobernadores no tienen otra opción que adaptarse al modelo de cada momento. Al no tener el poder económico para enfrentarse a los dos modelos que se disputan el país hace casi 100 años, su modelo es la supervivencia.”
Hoy el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), sumado al resto de políticas de apertura y desregulación que está llevando adelante el gobierno nacional, parecieran tener efectos profundamente federales.
Y es que gracias a la reforma constitucional de 1994, se estableció que los recursos naturales son de las provincias. Por lo tanto, cualquiera de estos proyectos que superan los 200 millones de dólares suponen toda una transformación: las regalías las cobra la provincia, las obras de infraestructura quedan en la provincia, los empleos los genera la provincia.
Neuquén ya tiene más de la mitad de sus ingresos provinciales viniendo de las regalías de Vaca Muerta. San Juan ya tiene proyectos aprobados por más de 3000 millones de dólares. Jujuy está exportando cuatro veces más que hace 5 años, potenciado igual que Salta por el litio. Catamarca con el cobre, Santa Cruz con el oro y la plata, y la lista podría seguir. Dicen que sobre la Ruta 40 hay olor a dinero.
“Dicen que sobre la Ruta 40 hay olor a dinero.”
Algo de esto se ve en las encuestas. Si miramos el diferencial Interior-AMBA del Índice de Confianza al Consumidor que elabora la Universidad Torcuato Di Tella, vemos que hoy alcanza la mayor brecha de los últimos 25 años a favor del interior (ver acá). Quizás algunos no eran tan federales como decían.
¿Qué sucede ahora? Puede que estemos viendo la aparición de una nueva figura. Como dijimos antes, la gran mayoría de las provincias dada su necesidad de recursos, tienen unagran dependencia de las transferencias del gobierno nacional. Esto les permite tener un control territorial “hacia abajo” muy fuerte.
Pero ahora bien, si estos gobernadores comienzan a obtener esta inmensa cantidad de dólares sin necesidad de tener que llamar a Buenos Aires, podemos sospechar que el presidente pierde su principal herramienta de presión: la soga presupuestaria. Esto significaría un cambio profundo en la dinámica política del país.
Por un lado, si ya eran fuertes “hacia abajo”, ahora pueden serlo “hacia arriba”. Obteniendo recursos de las rentas petroleras o mineras, los gobernadores de estas provincias podrían convertirse en figuras con mucho más poder del que ya tienen, manteniendo una lógica similar a la de los jeques árabes. Sean bienvenidos entonces a los Emiratos Argentinos de la Ruta 40.
“Sean bienvenidos entonces a los Emiratos Argentinos de la Ruta 40.”
Por otro lado, tendríamos un impacto sobre los vaivenes de la política económica del país. Por más que pudieran amenazar, negociar e intentar resistir algunas medidas, la necesidad de contar con el apoyo económico del presidente obligaba a la mayoría de los gobernadores a ser flexibles ideológicamente y adaptarse al gobierno del momento. Pero si ahora mis ingresos dependen de que Barrick Gold, Río Tinto o Glencore sigan invirtiendo en mi provincia, no puedo (ni quiero) permitir que se cambien las reglas de juego.
“Pero si ahora mis ingresos dependen de que Barrick Gold, Río Tinto o Glencore sigan invirtiendo en mi provincia, no puedo (ni quiero) permitir que se cambien las reglas de juego.”
En definitiva, el péndulo se rompe. Si este tipo de inversiones necesitan menos regulaciones, menos impuestos, seguridad jurídica y apertura comercial, es probable que aunque venga un gobierno nacional de corte estatista, los gobernadores no apoyen ninguna medida que atente contra esto ni van a poder extorsionarlos para hacerlo. Entonces, ¿vos me estás diciendo que la principal resistencia contra el cambio de modelo van a ser los gobernadores peronistas del interior? No se enojen, pero un poco sí.
Así, por primera vez en mucho tiempo, Argentina podría tener algo parecido a una orientación económica estable, independientemente de quién gane la próxima elección presidencial. No porque los gobernadores sean adeptos a Hayek y al liberalismo, sino por algo más simple: su propio interés. Si pierde el mercado, perdemos todos. Y a todos nos gusta vivir bien, pero a los gobernadores un poquito más.
Nada ilustra mejor este hecho que una de las últimas votaciones en el Senado, cuando se discutía la reforma a la Ley de Glaciares. Sin muchas vueltas, lo que proponía era devolverle a las provincias la potestad para definir qué áreas están protegidas y cuáles están habilitadas para desarrollar actividades mineras. Una vez llevada a cabo la votación, nos encontramos con que dos senadores del bloque peronista habían votado a favor, siendo claves para la aprobación: Sergio Uñac, ex gobernador de San Juan, y Lucía Corpacci, ex gobernadora de Catamarca. Mirá qué casualidad.
¿Acaso están locos? ¿Cómo es posible que se rebelen y enfrenten a todo el peronismo en una votación tan clave? Se me ocurre que, por más que el peronismo actualmente no gobierna la provincia, San Juan tiene en carpeta proyectos mineros por más de 20 mil millones de dólares, que en parte dependían de la aprobación de esta reforma. No vamos a firmar que hubo un sobre en ningún cajón, pero sí podemos decir que los incentivosestaban perfectamente alineados: la provincia necesita la inversión, las mineras necesitaban la reforma y Uñac la votó.
“La provincia necesita la inversión, las mineras necesitaban la reforma y Uñac la votó.”
Lo que no podemos dejar pasar es lo que vino después. Hace dos semanas, el mismo Uñac anunció su candidatura presidencial para el 2027, habló de competir contra Kicillof y mandó una carta al PJ nacional pidiendo que la candidatura se defina con votos.
Ante la ausencia de liderazgos que aglutinen y partidos nacionales que ya no conmueven a nadie, por qué los gobernadores del interior no podrían animarse a construir su propio partido y proyectarse nacionalmente, sponsoreados por compañías multinacionales. ¿O acaso tienen algo que ver el PJ de Catamarca o Salta con el peronismo de la provincia de Buenos Aires?
“Por qué los gobernadores del interior no podrían animarse a construir su propio partido y proyectarse nacionalmente, sponsoreados por compañías multinacionales.”
Probablemente no tengan los votos del conurbano, pero tampoco parecen quererlos. Si Kicillof es Cafiero, esperamos un Menem. Pero también el gobierno de Javier Milei debe ser inteligente – aunque a veces la hace difícil – y encarar las próximas elecciones con una estrategia alineada con los gobernadores, para evitar que enfrente se forme un monstruo de dos cabezas. No nos olvidemos que estos descienden de los caudillos.
“Si Kicillof es Cafiero, esperamos un Menem. Pero también el gobierno de Javier Milei debe ser inteligente – aunque a veces la hace difícil – y encarar las próximas elecciones con una estrategia alineada con los gobernadores, para evitar que enfrente se forme un monstruo de dos cabezas.”
¿Y ahora?
Tres siglos después de que Carlos III decidiera que el Río de la Plata era un buen lugar para poner una aduana y cobrar impuestos, el interior argentino está encontrando, quizás por primera vez, grandes fuentes de ingreso que no pasan por Buenos Aires. Aunque incompleto y desigual, el cambio está ocurriendo.
Las provincias que tienen petróleo, gas o cualquier tipo de mineral en su territorio ya podrían dejar de ser vasallos del presidente. Ahora son socios -o súbditos- de las multinacionales que explotan sus recursos. La pregunta que queda flotando es qué van a hacer con esa plata.
El modelo del administrador colonial extrae, distribuye y sobrevive. Ahora tenemos la posibilidad de utilizar esa renta para construir algo que no dependa de ella y crear las condiciones para que por primera vez haya alguien que produzca y no solo administre.
La historia de los países que construyeron su modelo sobre la renta extractiva no siempre termina bien. A veces termina en Noruega. Y a veces termina en Venezuela. Por ahora, los invito a dar un paseo por la Ruta 40.


