El centro de Teherán era testigo del movimiento propio de una metrópoli en la mañana de un fin de semana de invierno. Era un sábado y las calles, sin perder su característico eclecticismo, mostraban la calma propia de las primeras horas de la mañana de un día de descanso.
Extraña calma, es cierto, la de un país que hace décadas solamente conoce el conflicto y la tensión externa. Pero una calma al fin. Una especie de paz que consiguió normalizar la violencia, que consiguió contener por generaciones a una sociedad cada vez más intranquila, cada vez más demandante, cada vez más desesperada por algún tipo de cambio.
Esa calma, esa dinámica paz estructurada especialmente para el momento del quiebre, conoció su final en las primeras horas del sábado. Y es que ese 28 de febrero los Estados Unidos e Israel ejecutaron un ataque sorpresa sobre la capital persa que, entre otros objetivos, atacó la residencia del líder supremo Alí Jamenei matándolo a él y a distintos miembros de su familia en el momento.
Lo que vino inmediatamente después fue una respuesta concreta de Irán: una serie de ataques dirigidos directamente a sus vecinos con bases militares americanas en sus territorios y una campaña de defensa caracterizada por el bloqueo del Estrecho de Ormuz, canal por el que pasa una gran cantidad de los hidrocarburos que se consumen y comercian a lo largo del mundo.
Por fuera de los detalles propios de la violencia, y de las consecuencias económicas del bloqueo de rutas comerciales neurálgicas para el mundo productivo, la guerra fue el resultado de un conflicto que se venía pergeñando hace décadas, acentuado por los brutales ataques del 7 de octubre a Israel por parte del grupo terrorista Hamás, una de las organizaciones político religiosas extremistas apoyadas económica y militarmente por Irán.
La guerra no es una novedad. La conmoción interna y externa es característica en una región que hace tiempo perdió a sus grandes caudillos. A los tiranos que gobernaron países étnica y culturalmente complejos durante décadas reprimiendo la disidencia, el conflicto y la insatisfacción y alcanzando un grado de cohesión interna que, aunque no garantizara el progreso, era capaz de evitar la anarquía.
“La guerra no es una novedad. La conmoción interna y externa es característica en una región que hace tiempo perdió a sus grandes caudillos.”
La caída de los titanes implica una región más incierta, menos estable, más caótica. Un medio oriente marcado por dicotomías de tipo existencial, por diferencias que parecen irreconciliables.
La promesa de la diplomacia
Los ataques de fines de febrero se dieron en el marco de negociaciones diplomáticas para contener la violencia que se recrudeció considerablemente después de los ataques a Israel en octubre de 2023.
La paradoja de la agresión, dándose en medio de negociaciones diplomáticas, es solo otro reflejo de las dificultades para entablar acuerdos pacíficos en la región. Existe una desconfianza estructural, mutua, donde nadie parece ser capaz de confiar plenamente en el otro.
“La paradoja de la agresión, dándose en medio de negociaciones diplomáticas, es solo otro reflejo de las dificultades para entablar acuerdos pacíficos en la región.”
Desde el acuerdo con Irán celebrado durante la presidencia de Barack Obama (que buscaba limitar la capacidad del país persa para conseguir un arma de destrucción masiva), pasando por los Acuerdos de Abraham firmados durante el primer gobierno de Donald Trump (que intentaron normalizar las relaciones comerciales entre la región e Israel, limitando el liderazgo iraní en el oriente medio) y enmarcándose todo dentro de un esquema rígido de sanciones establecidas por Estados Unidos para presionar al régimen revolucionario islámico, se refleja la imposibilidad de encontrar un acuerdo diplomático capaz de complacer a la totalidad de los actores en competencia.
Las armas
La escalada militar que venimos presenciando hace ya algunos meses, no se presenta como una rareza, una anomalía, pero, aún así, genera más preguntas que respuestas. Los ataques a lo lejos, los bombardeos y la utilización de drones administrados a distancia, aunque efectivos para generar destrucción, no parecen ser capaces de resolver la crisis. No parecen ser capaces de quebrar este estado de empate donde Irán se defiende eficientemente y los Estados Unidos e Israel se desesperan en sus ataques y mensajes hacia el régimen islámico y sus aliados.
La intransigencia iraní entra en claro conflicto con la doctrina de seguridad del actual gobierno republicano. La imposibilidad del gobierno de Trump para encontrar un interlocutor viable entre las filas de los persas demuestra, por un lado, la fortaleza ideológica de un régimen institucionalizado hace casi 50 años y, por otro lado, deja avizorar el prospecto de un conflicto extenso, duradero, marcado por la incertidumbre y el permanente riesgo de una escalada considerable.
Así, el peligro de una intervención militar abierta, con tropas en el territorio, se posiciona sobre algún horizonte como una alternativa lejana pero posible, al menos, desde lo declamativo. Una misión semejante, cercana, comparable, a las tan criticadas movidas que supieron llevar a cabo distintas administraciones norteamericanas en décadas pasadas se vuelve posible frente a la desesperación que genera una empresa que no avanza, que parece haber encontrado su punto muerto.
Una guerra persistente
Pero la invasión es costosa, en términos políticos y económicos. Cabe recordar las campañas electorales del actual presidente norteamericano y su recurrente promesa para dejar atrás las formas tradicionales de la política exterior norteamericana. Abandonar las pretensiones globalistas para enfocarse plenamente en el futuro del país y, con suerte, en el futuro de las Américas.
“Cabe recordar las campañas electorales del actual presidente norteamericano y su recurrente promesa para dejar atrás las formas tradicionales de la política exterior norteamericana.”
Por eso, el conflicto se muestra como una guerra plenamente moderna. Una guerra marcada por las nuevas tecnologías y los ataques esporádicos. Un enfrentamiento de momentos, caracterizado por instantes de destrucción.
Las dificultades propias del enfrentamiento, agigantadas por la reticencia de los americanos para expandir su compromiso en la pelea, nos indican que los bombardeos, los ataques, las naves desplegadas cerca del golfo pérsico se convertirán en la norma. En un detalle, una particularidad, del paisaje, del mundo que conocemos.
Nos dirigimos a otro conflicto extenso, largo, normalizado, en el que los actores beligerantes construyen un equilibrio en los bordes de una posible escalada. Un mundo en el que estas acciones no parecen encontrar una conclusión, un final, un quiebre. Escenario propio de una realidad que no parece poder avanzar, que se presenta frenada, esperando algún movimiento, algún desplazamiento, algo que permita la entrada de algo nuevo.
“Nos dirigimos a otro conflicto extenso, largo, normalizado, en el que los actores beligerantes construyen un equilibrio en los bordes de una posible escalada. Un mundo en el que estas acciones no parecen encontrar una conclusión, un final, un quiebre.”
Hacia adelante
Las guerras modernas se presentan como interminables. Ya no existe una movilización abierta sino un clima de conflicto. Algo que está presente en la forma de un título de diario, de una notificación en el teléfono. Un condimento de la realidad, un detalle particular del mundo en el que vivimos. Una guerra que se incorpora a la cotidianidad de forma rutinaria, aburrida y repetitiva.
Este conflicto no le escapa a estas reglas. El miedo y la preocupación que generaba cuando comenzó ahora ya se convirtió en un comentario más, en un titular secundario, en una realidad que no sabemos si se mantiene o no. Esos primeros días que nos mantuvieron en vilo, que nos hicieron creer que se venía algo más, algo grande, algo peor, quedaron en el olvido.
Aunque se celebren acuerdos de paz, pactos para contener la violencia, la realidad es que la dinámica propia de las relaciones en el Medio Oriente se encuentra quebrada. La desconfianza es cada vez mayor (en una región en la que, previamente, tampoco existía demasiada confianza entre los actores) y la violencia, aunque esporádica, pactada, normada, moderada, parece convertirse en el principal canal de comunicación entre los protagonistas.
“La desconfianza es cada vez mayor (en una región en la que, previamente, tampoco existía demasiada confianza entre los actores) y la violencia, aunque esporádica, pactada, normada, moderada, parece convertirse en el principal canal de comunicación entre los protagonistas.”
Y en el mientras tanto, racionalmente, las naciones buscan aprovechar las oportunidades económicas y comerciales. La Argentina gana un protagonismo considerable en este escenario gracias a su enorme potencial para explotar y exportar sus considerables reservas de hidrocarburos.
Pero al final, lo que deja esta guerra es un escenario familiar, conocido, que ya vimos en otros momentos, en otros lugares. La guerra, por más intempestiva que parezca, no es una novedad, no introduce algo nuevo. Y como no introduce algo nuevo, como permanece en el lugar de siempre, las respuestas diplomáticas o militares solamente pueden reafirmar la cotidianidad del conflicto. Dejan de manifiesto la incomprensibilidad del enfrentamiento y una miríada de posibles soluciones que, hasta ahora, han demostrado ser, más que nada, circunstanciales.
Por Marco Ratto, Mariano Rodríguez y Ezequiel Valdecantos Popritkin


